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Los agujeros negros y la sonrisa del Joker

Muchos son los agujeros negros de la LOMCE en su afán por destruir la Escuela pública progresista. A saber, la ruptura con la cultura y los valores de la ciudadanía democrática al impedir su contenido en las aulas y limitar la participación de la comunidad educativa; la identificación de la diversidad con la desigualdad para justificar las barreras contra la movilidad y la cohesión social e implantar los itinerarios por “talentos”, léase rendimientos académicos; el uso de la ley de los mercados para favorecer a las empresas educativas privadas; la manipulación de los significados para instaurar la especialización curricular y los exámenes como herramientas al servicio de la competencia; la supuesta profesionalización de los directores de los centros docentes para asegurar su dependencia de la Administración educativa; la patología centralista para reducir la competencia de las Comunidades Autónomas, imponer las evaluaciones externas o poner el fin a los modelos lingüísticos “separatistas”, etc.

Con todo, lo más destructivo, el mayor agujero negro, es su añeja concepción del currículo. El alumnado aprenderá a resolver los retos que plantea un mundo cada vez más interrelacionado y globalizado, desde la profundización en los contenidos propios de cada disciplina y su  competencia la demostrará con la respuesta a exámenes orientados más a calificarlos para separarlos que a valorar su nivel de logro.

La desaparición de las Competencias básicas como referente educativo, somos beligerantes, implica el abandono de los contenidos integrados, compartidos o transversales; el olvido del  carácter dinámico de los contenidos; el fin para la prioridad de la movilización y la transferencia de los conocimientos; y, lo que es más grave, el abandono del compromiso y la responsabilidad del alumnado por construir, desde el presente, una sociedad más justa.

Lejos de ser un instrumento de renovación, creación y cambio cultural, la LOMCE será una herramienta para consolidar y acentuar las diferencias sociales y recuperar los valores añejos de una sociedad diferenciada por el acceso a los recursos.

No es ajena esta Ley, ninguna lo es, a las personas que las promueven, aunque no todas ellas pasan a la historia como herramientas de autor. La primera ley educativa española se la recuerda como la Ley Moyano y la LGE siempre será la Ley Villar Palasí. ¿Quién es el “autor” de la LOCE, la LOGSE, la propia LOCE o la LOE? Es posible que alguno lo sepa, pero la mayoría tendremos que consultar las hemerotecas para saber, más allá de la iniciativa colectiva del partido que la propuso, quién o quiénes fueron sus responsables políticos más directos. Todas estas leyes se identifican por sus siglas.

La LOMCE se alineará con las primeras sea cual sea su futuro más allá de su segura aprobación.  El protagonismo negativo del ministro Wert está asegurado. La imagen con su destacada calva y la sonrisa de Joker; su pasado, dicen, como tertuliano especulativo y provocador: su primer apellido extranjerizante y, sobre todo, su actitud excluyente y descalificadora son ingredientes suficientes para condenar de por vida a esta ley a ser recordada como la “Ley Wert”

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